Éste es el sexto mes desde que dejé a la Selva 1.
Éste es el segundo fin de semana desde que dejé a la Selva 2.
Éste es el segundo fin de semana que vivo sin árboles espesos, sin trampas, sin dar vueltas buscando el camino. Pero es que había tantas bifurcaciones que, sinceramente, me liaba. Había tantas opciones y todas ellas posiblemente válidas que no podía decidir. Aún así, sabía que solamente uno de los caminos era correcto, porque fue el que yo seguí, sin mis zapatos de charol, la primera vez que llegué a la selva.
Tengo las rodillas peladas y las pantorillas amoratadas de tropezarme una y otra vez, de dar la vuelta, desandar lo andado y volver a empezar, tengo las manos doloridas de intentar escapar trepando a los árboles, pero lo único que conseguía allí era ver la selva infinita.
El dinero se agotaba porque, además, cada vez que subía a un árbol, cada vez que tomaba un camino, me cobraban peaje. Yo les preguntaba a los de la cabina, esos que van siempre con chaleco amarillo, "oye, ¿y cuál es el camino?" y, claro, cada uno de ellos me decía lo que le venía en gana, lo que conocía o lo que había visto desde su puesto. Algunos me decían que tirase por el camino de la izquierda, el que tenía el cartel de "Vida formal. Búscate un novio con buen coche, ponte guapa, sonríe y aterriza". Otro ponía "Ponte el traje de ejecutiva tiburona, gana pasta, el dinero lo es todo". Por otro lado había caminos que decían cosas como "Casa de ensueño, galletas y lectura en un jardín".
Así que probé, me eché un novio con buen coche y me convencí de que, a pesar del aburrimiento, del anulamiento y de la angustia en mi pecho, me convencí de que era el camino. Al fin y al cabo, tenía que aprender a ser mayor, dejarme de piruletas y chucherías y elegir. También probé a vestirme con pantalón, ponerme pendientes de oro y llevar reloj. Pero un buen día, en un momento en el que cincuenta caminos serpeantes llamaban mi nombre, y al mismo tiempo en el que una liana me encadaneba el tobillo, en ese mismo momento comencé a gritar.
Y así, sin más, delante de mí apareció una bicicleta. Pero no una bicicleta cualquiera, ¡era una bicicleta voladora! como la de ET. Me acerqué y en la cesta había un pequeño paquete. Dentro había tres cosas, un reproductor de música con cascos, una nariz de clown y una carta con instrucciones para un rescate. ¡¡¡Tenía que rescatar a mi clown!!! Pero, ¿quién era mi clown?, ¿dónde se había quedado mi sonrisa? ¿dónde estaba mi energía? Tanto camino arriba, camino abajo, buscando el correcto, agobiada por tener que elegir uno y solamente uno de ellos...
Aquel día lo recuerdo vívidamente porque intenté volar con mi bicicleta para rescatar a mi clown y tuve que librar duras batallas con monstruos disfrazados de municipales, grúas y lianas para poder llegar al lugar en el que mi clown, mi sonrisa y la dirección a seguir me serían devueltas. Yo aún no conocía a este clown pero claro,¿ cómo lo iba a conocer si había perdido mi sonrisa interna?
Aquella noche encontré la sonrisa y encontré la dirección, de una forma completamente contraria a lo que buscaba, absolutamente opuesta a mi lógica, a las directrices de mi gps de búsqueda, a todo lo que había intentado. Entonces comprendí que mi camino es cuántico, que no hay una elección única y que puedo estar en uno y en otro al mismo tiempo, que mis átomos vuelan en forma de globo y pueden descomponerse y volver a transformarse en otro lugar sin perder el origen. Y en ese momento, en la Selva, abrí los ojos y vi cómo los átomos de los árboles, las lianas y todo ese mundo que me amordazaba se desvanecía ante mis ojos sin realmente desaparecer. Yo tenía el poder de ir y venir cuando quisiera, porque era globo, porque era cuántica. Yo podía caminar por todos los caminos sin centrarme solamente en uno de ellos, sin agotarme por el ir y venir de uno a otro, sin añorar a los que dejé en cada camino para seguir por otros lares. Ya no me sentía cansada, ya no me sentía enferma, la tos de angustia se desvaneció, el dolor en el pecho se evaporó y tampoco necesitaba gafas, ¡porque veía con claridad!
Ahora sólo tenía que seguir el camino correcto, aquel que tiene forma de globo, forma elíptica, aquel en el que nada está etiquetado y las relaciones humanas se pueden definir de tantas maneras como átomos existen en un cuerpo humano, aquel en el que uno tiene tiempo elíptico y cuántico para decidir qué quiere, qué le gusta y quién le gusta sin sentirse empujado en línea recta, aquel en el que el futuro se mueve ante nosotros sinuoso y variable, ahora cerca y después lejos y en el que el presente a veces se presenta efímero y otras veces eterno.
Voy caminando este camino y no hay destino, hay curvas, viajes, vuelos, personajes fantásticos y en cada salto cuántico hay una nueva experiencia, todas ellas válidas, todas ellas parte del camino en forma de globo. Hay experiencias que me hacen sentir la tierra en mis dedos, otras me hacen sentir el viento en la cara, el pelo alborotado, con pantalones de ejecutiva por la mañana y leotardos dorados por la noche, otras me hacen correr y querer saber, vivir el sueño eterno, y otras me hacen ahorrar dineros, por si algún día se presentan de nuevo los de la cabina de peajes que, en los tiempos que corren, a uno le quieren cobrar por todo. Hasta por volar en globo.
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"Pertenecemos a este planeta. No pretendo dudar de ese hecho. Formamos parte de la naturaleza de este planeta. Aquí hemos aprendido de los monos y de los reptiles, cómo reproducirnos, y no tengo nada que objetar al respecto. En otra naturaleza tal vez todo fuera diferente, pero estamos aquí. Y repito: no lo niego. Sólo digo que eso no tiene por qué impedirnos ir un poco más allá de la punta de nuestra nariz."
La Joven de las Naranjas, Jostein Gaarder


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