Amanezco en lunes con los ojos limpios y cristalinos, color en la cara, las piernas bronceadas. Me muevo despacio, sin prisa, ha llegado la calma.
Durante varios días me refugio en tierra de robles y hayas, vías verdes y señoríos, habitaciones en las que los sueños y los desayunos se vuelven letras. Descanso, descargo y recuerdo.
Doy pedales sin parar, siento la brisa del río, el misterio y la complicidad del bosque. Algo me une a este lugar, siempre lo ha hecho, mi gran santuario.
Me baño, duermo, pedaleo y me ducho. El olor a recién duchado en las tardes de verano, la nostalgia de la infancia en este lugar. Siento ahora la nada.
Estoy en mi gran recuerdo, ante el jardín en el que una vez dormí. Nadie entiende por qué estoy aquí, sola, en un restaurante, cenando sin hablar, mirando los árboles, el río. Encontré el lugar...
Despierto entre letras, me escondo entre sábanas blancas y aquí me quedo. Me cuidan, me sienten presente, aún con la llave echada en esta habitación, la de Virginia Woolf, la de Joan Benet.
Me siento niña de nuevo y de pronto mujer, me siento fuerte, pero no corro, un cuchillo atravesó mi pierna, siento punzadas de dolor y, herida de guerra, reposo.
A ratitos, llegan pequeños momentos de angustia, perdida en el bosque sin poder respirar. Necesito horizonte, compensar con mi otra tierra, Txingudi. Busco el mar, que la sal calme mi pierna, que todo se vaya con la espuma de las olas.
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Me fui para volver y aterrizar, dejar de soñar con lo que no es, entender y ver de una vez. Me pregunto si es tarde para compartir este olor a recién duchado en las tardes de verano, si estas risas y este llanto, los pedales, los cuentos, los gin tonics y el abecedario no son síntomas de un camino que se anda a la par.
Irse para volver


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