Últimamente tengo la sensación de haber olvidado cómo escribir porque ya no lo hago con tanta asiduidad como antes. Sin embargo hoy siento la imperiosa necesidad de sacar algo, una pequeña bola que me atrapa estos días, un pequeño vértigo que se hace palpable cuando me despierto y veo que estoy en casa, un cosquilleo de emoción cuando me doy cuenta de que por primera vez duermo mejor en mi cama que en cualquier otro sitio y que cuando vuelvo a casa por las noches sé que vuelvo a casa de verdad.
Pero una vez pasado el baibén de la mañana quedan horas y futuro, presente que disfrutar y un sueño muy grande en el que trabajar. Los días se me hacen cortos, las semanas vuelan y voy creciendo, descubriendo que mi cuerpo puede responder al cambio mucho más rápido de lo que yo pensaba poqrue a él, a él no le engaño.
Ni a mí tampoco. Estoy un poco nerviosa y sensible. Sí. Sensible. Pero en el sentido bello de la sensibilidad, en el sentido en el que uno es capaz de escuchar la misma canción tres mil veces seguidas mirando cómo las olas siguen rompiendo una detrás de otra en un presente continuo, llueva o haga sol, les observen o no. Y yo las miro, pensando en mi yo, en esa cosa que palpita dentro y a la que quiero, esa cosita que cada día se hace más grande y me guía no sé muy bien dónde. Miro las olas y me dejo llevar por esta sensación de segura incertidumbre que va marcando mi futuro y prometo confiar en su voz y en el camino que me quiera marcar.
Y las olas seguirán rompiendo en la orilla del mar...
Y las olas seguirán rompiendo en la orilla del mar...
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