Paseo con mi madre y hablamos de nada y de todo. Llegamos a la playa y nos tomamos un café mientras observamos en silencio el movimiento del mar. Respiro hondo y me imagino tras este ventanal en un día de invierno, en un día de otoño. Me veo tras este ventanal con mi madre, en un día de primavera.
Conduzco por Donosti y no pienso, porque en mi cabeza existe un mapa detallado de esta ciudad. No voy al centro, como todos, porque sé lo que me voy a encontrar. Me dirijo a Gros y aparco en la Plaza Cataluña. Así puedo asomarme a la Zurriola y llenarme del aire fresco y joven de esta playa.
Paseo hasta el Boulevard entre turistas, locales y músicos callejeros, atenta al folklore del ambiente. Sigo hasta llegar al reloj. Allí he quedado con mi pasado. Me quito las gafas de sol, por si no me reconocen, aunque me dicen que mi cara no ha cambiado, sigo pareciendo una niña.
Mi pasado llega, tal como lo recordaba, aunque algo más alto y con voz grave. Un abrazo y una avalancha de preguntas. El paseo prosigue hasta la Plaza de la Consti donde nos sentamos en una terraza.
-Niño, te veo muy bien, de verdad. No has cambiado nada. Bueno, más responsable, pero igual de hiperactivo y rebelde. Pero cuéntame, ¿Qué has hecho en todos estos años?, ¿sabes algo de los demás del cole?
-Pues como tú, sigues igual. Te veo genial también. ¿Los demás? Tengo una memoria malísima...
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Hay un silencio y empiezo a recordar aquellos años de colegio, la falda a cuadros, los calcetines a la altura de la rodilla, la corbata...Y le recuerdo a él, cuando teníamos 12 años.
-¡Qué recuerdos niño! tengo buenos recuerdos de tí, menos cuando nos pegamos.
-¡Qué dices! ¿Cómo te voy a pegar yo si eras mi novia del cole?
-Ah, pues me pegué con otro entonces.
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-Éramos malísimos- pienso en alto.
-¡Éramos unos capullos!- me dice- ¿Te acuerdas de "¡¡¡Bollo!!!"?
Bollo era una técnica cruel aplicada a los más débiles y que consistía en "placar", es decir, se elegía "al de siempre" y nos tirábamos todos encima, codos por delante, con la clarísima intención de hacer daño y no dejar respirar.
Faldas, corbata, peinados perfectos, imagen digna de colegio de alto standing. El odiado uniforme que no nos dejaba expresar los primeros síntomas de la adolescencia y la rebeldía del fin de la infancia. Por debajo, pantalones cortos para saltar mejor la verja y escaparnos en los recreos, bolis bic vacíos para lanzar arroz. ¡Anda que no han pasado años!
Ahora, ya sola, sigo paseando. Me voy a ver el mar y sus olas, que siguen azotando las rocas, indiferentes al paso del tiempo. Ahora estoy en el presente y observo sus olas.
-Hola niño, sí, Donosti está precioso hoy, echo de menos no poder enseñártelo ahora mismo.
3 comentarios:
tierna nostalgia, aunque fuéramos tan brutos!!
Tienes una sensibilidad especial para expresar sentimientos, Pokol... un abrazo!
... kómo wele mayo! ... de kuando tenía 12 años ... ni me akuerdo ...
Saluz
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