Recuerdo que hace años leí un artículo sobre el suicidio de las cosas. Sí, de las cosas. Nos puede parecer una tontería pero hay veces que la energía que nos rodea, la energía que nosotros movemos, nuestras preocupaciones, nuestro estrés y las tormentas hacen que lo que nos rodea se mueva. Desde que leí aquel fantástico artículo comencé a fijarme aún más en lo que ocurría a mi alrededor. Y así escribí dos entradas en este blog, El suicidio del secador o lo que nunca nos dicen del estado zen y Mi Duende Romántico.
Soy una firme creyente de que cuando estamos desequilibrados todo se puede alterar a nuestro alrededor así que cuando las cosas se rompen, se caen, se estropean y, sobre todo, cuando las cañerías gotean es el momento de apagar motores y observar, porque viene una gorda. Esta es la teoría, luego llega la práctica: hasta que no suceden las cosas, hasta que no se nos cae algo encima, seguimos sin abrir los ojos, sin mirar.
Ayer fue un día algo extraño. Llegué a trabajar y me decidí a hacer lo que más odio en el mundo mundial: ordenar y archivar las fichas de los pacientes. Así que me agaché para guardar el historial de X H. en un archivador a punto de explotar y mientras empujaba y hacía hueco para conseguir que la ficha entrara me di cuenta de que los demás cajones del archivador se iban abriendo en cadena, el armario comenzó a inclinarse y todos los trastos por recoger colocados encima de él comenzaron a volar por la habitación. Un armario, dos y hasta tres en cadena. Archivadores, cajones, fichas, escáners e impresoras cayendo sin control. Por suerte, a pesar de la bicha, algo de reflejos tengo y como soy pequeña conseguí salvar el golpe escondiéndome debajo de la mesa contra la que cayeron los armarios. Un golpe en el brazo otro en la mejilla y un susto.
Una señal clara y una tarde de malas noticias, muy malas noticias. La Reina del Bosque está enferma. Su proceso de fotosíntesis no funciona bien y yo, la Princesa, la Mujer Cometa, la de los zapatos rojos, la que siempre huele a canela, no sabe muy bien qué hacer, ni qué sentir. La luz de mis cometas está en stand by y mis zapatos rojos no consiguen brillar.
Me tomo un momento para respirar y tomar fuerzas porque en algún momento tendré que empujar la mesa hacia arriba, si no no podré volar y la Reina del Bosque no podrá extender sus ramas hacia los límites del Universo. Aunque las nubes oscurezcan el bosque y no me dejen ver los cometas, siempre hay un nuevo día, una nueva oportunidad y en cada amanecer hay un momento de presente vivido, hay un sueño cumplido. Así que me voy a inventar una historia que se hará realidad. La Reina del Bosque crecerá majestuosamente y la Mujer Cometa volverá a volar entre sus cometas. Tan sencillo como imaginar la realidad.
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“El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad”.
Ana Maria Matute.
Ana Maria Matute.
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