Como hace diez años vuelvo a vivir con
estas hojas caídas las horas de un largo vuelo. Que nadie nunca llegó
tan dentro y yo, con tan sólo una sonrisa de armadura, desmontada, y el
corazón asesinado de tristeza y jetlag, volvía a casa. Veinticinco horas
en tierra de nadie, buscando una ventana de emergencia. Y si aquello
no era grave, si aquello no era urgencia, por qué un cristal blindado
sin salida, en el que solo pude soplar la angustia de mis vahos
malteados, con el agua de la espera condensada gota a gota cayendo al
vacío, una a una, volviendo a mí. Escondidos los misterios no hay naufragio, ni palabras perdidas en el
mar. Aquel puño de acero que dejó marcas de lunares inmortales cayó
profundo, ancló un barco que me desterraba a un exilio lavado con
lejía.
A ti hoy no te
permito que reavives la hoguera de la memoria con hojas aún húmedas de
lágrimas rojas, no te permito que las ventanas de mi refugio se
conviertan en un cristal blindado, en una falsa ventana de emergencia,
que con el otoño pierdo mis hojas y con ellas olvido mi memoria. A ti
solo te permito que tus ojos se vuelvan ámbar y que tus piernas sean las
caricias de ocho patas de araña. Que sólo el otoño me roba la luz y yo
sigo escribiendo mis versos en prosa, aprendiendo a no tener miedo al
atardecer, a la noche siempre loca, al sobresalto del amanecer. A ti
solo te permito acompañar palabras que nacen, que son música al azar,
dedos que buscan el cielo, chispas de un fuego nacido en verano, cuidado
bajo árboles de otoño, que se despiden de sus hojas y que entierran su
pasado.
Foto: Sergio Virto
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