Entre tormentas, panes y poemas se me van los días casi sin darme cuenta. Ha pasado más de un mes y ahora sólo me quedan los coletazos, una tendinitis aquí y una contractura allá. Poco a poco vuelvo a la rutina y me aplico algo de disciplina para no abrazar el sofá más que para las siestas de Arguiñano y caer embobada con alguna serie policiaca por la noche. Un poco de piscina por la mañana y muchas gestiones. La Pokolilla tiene el aceite y el líquido de frenos a punto, los armarios están ordenados, todos mis papeles y direcciones en orden, la balda que se caía está ajustada, mi ordenador se sigue llenando de versos y ya no tengo ninguna lectura pendiente.
Y en todo este tiempo, me he ido acostumbrando a esta vida tranquila, más vegana aún que de costumbre y, sobre todo, más solitaria. Disfruto de todas las tardes escuchando Radio3, leyendo con las piernas en alto y pensando. Reconozco que me he vuelto algo ermitaña, pero así estoy bien. Sí, así estoy muy bien. A veces uno necesita sentirse por dentro y que lo único que se escuche sea la música y el silbido de los árboles con el viento filtrándose por la ventana.
Aquel día el bosque, decepcionado, calló. Al siguiente entonó la alegre canción en que imita a la presa del molino. Los pájaros volvieron. Ningún árbol tornó a pensar en convertirse en sillas y en trincheros. La fraga recuperó de golpe su alma ingenua, en la que toda la ciencia consiste en saber que de cuanto se puede ser, hacer o pensar sobre la tierra, lo más prodigioso, lo más grave es esto: vivir.
El bosque animado, Wenceslao Fernández Flórez
1 comentario:
buena rutina.....aunque entiendo que tantas semanas puede llegar a ser muy surrealista, espero que el viaje a San sebastian te ayude e recargar la pila, para ir el lunes al curro con power!!! de todos modos lo que queda de veranito no te vamos a dejar que de aisles teniendo como unico amiguito a Arguiñano, jaaaaaa
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